Desde pequeña observaba detenidamente las relaciones de pareja que había a mi alrededor.

Sentía una enorme curiosidad por cómo se relacionaban, cómo parecía que se encajaban las parejas, como si se amoldaran el uno con el otro, veía como la gente era distinta cuando se encontraba en una relación, a veces mejor, la persona se iluminaba, pero en otras ocasiones, como si se sacase lo peor de ella, como si se apagara.

También, ya desde pequeña era muy sensible a la hora de percibir el sufrimiento que les generaban las discusiones y como los adultos, especialmente las mujeres, casi todo el tiempo trataban de evitarlas, cediendo a los deseos y las expectativas del otro.

Crecí pensando que los hombres eran los que tenían que iniciar la relación, tenían que conquistar a las mujeres, pero que posteriormente, llevarían la voz cantante en la relación. Así, desde esta perspectiva, la mujer debía al inicio de la relación debía “ponerlo difícil” (porque así su valor aumentaba y creaba más expectativa y en definitiva, más valor), para posteriormente, dar todo por esa relación y adoptar una actitud algo más pasiva.

De tal manera, una vez en la relación, debía saber llevar al hombre, ya que por otro lado, no tener pareja era un fracaso vital, como si hubiera una necesidad de realización personal en aquello de tener una pareja.

De este modo, crecí pensando que se debía perdonar casi prácticamente todo en la pareja.

Y también había otro atractivo y era justo eso, atraer al chico malo, difícil y que éste se fije y te eligiese a ti, haciéndote así especial, pero que con tu amor (y por qué no una inmensa paciencia) lo cambiarías y sería bueno contigo; especialmente contigo.

Todas estas observaciones hicieron que mi vocación fuese la Psicología, con el foco puesto en hacer buenos a los malos. Estudié la Licenciatura de Psicología Clínica, pero mi vocación hizo que no fuera suficiente tenía que ver de primera mano a aquellos que lo hacían mal, así que hice un Máster de Psicología Jurídica, otro de Psicología Clínica, Legal y Forense e investigué hasta llegar a un Doctorado del mismo tema; Psicología Clínica, Legal y Forense, no quería que se me escapara nada jeje. Mientras que una vez salí de la carrera comencé a trabajar con menores infractores que cumplían una medida judicial, me parecía interesante ver el inicio de todo aquello y mi firme objetivo era (y es) reeducarlos y reinsertarlos en la sociedad.

Han pasado casi 11 años de aquel comienzo profesional y dentro de las medidas judiciales me especialicé en violencia de género y en maltrato familiar ascendente (donde casi siempre la víctima es la madre). Después de este tiempo, me he dado cuenta de la importancia de dar un tratamiento psicoterapéutico al que lo hace mal, pero es imprescindible trabajar con la que a priori lo hace bien. Es decir, para paliar las relaciones donde uno de los dos genera sufrimiento, es indispensable que se trabaje y empodere al que recibe dicho malestar.

En el ámbito profesional, confirmo que consigo mejorar las relaciones afectivas, pero sólo cuando acompaño a las mujeres a poner límites, a responsabilizarse de sus relaciones, reducir la idealización del otro, o dejar de intentar cambiarlo, aceptarlo y aceptarse ellas mismas, no engancharse en mantener a toda costa la relación o atascarse en el duelo por la ruptura de la pareja, consentirse no tener pareja, pero sobre todo a generar amor propio.

A nivel personal, yo misma he transitado patrones negativos de relación, siendo consciente de ellos, de en qué momento se generaron para poder cambiarlo.

No obstante, conozco las vías tanto profesional, como personalmente por las que una relación se torna conflictiva, las raíces de los patrones negativos que se generan en las relaciones y que se repiten una y otra vez, hasta cómo abordar el problema y favorecer la toma de consciencia de lo que hacemos, de cómo lo propiciamos nosotras mismas y lo más importante, como transitarlo, cambiarlo y generar relaciones satisfactorias.